"Yo no confieso porque no sé qué decir"


A quien piense:
“No sé si me podrán ayudar, yo no confieso porque no sé qué decir".
“Hace más de dos años confesé porque iba a un lugar donde sabía que se comulgaría todos los días y me pareció mal no confesar antes. Y lo que confesé es que se me había olvidado el número de años que no confesaba.”


En esta página, el P. Jorge Loring, S.I., en “Para salvarte”, ofrece un examen de conciencia “casi exhaustivo” y lo siguiente, que creo podría ayudarle:

Modo práctico de confesarte

“Después de hecho el examen de conciencia y rezado de corazón el Acto de Contrición, te acercas al confesionario. Si hay tiempo, y tienes a mano una Biblia sería bueno que leyeses algún pasaje que te ayude al arrepentimiento. 
“Cuando te llegue el turno, te santiguas, te diriges al confesor y, de pie o de rodillas (según sea la costumbre) le saludas diciendo: Ave María Purísima. Él te contestará: Sin pecado concebida. (Ritual de Penitencia, nº 16. 1975)

“Enseguida dirás con humildad, sinceridad y arrepentimiento: Hace… (el tiempo que haya pasado poco más o menos desde la última confesión) que no me he confesado.Cumplí (o no cumplí) la penitencia. No callé ningún pecado grave (o callé a sabiendas un pecado, dos o tres, etc.). Tampoco me olvidé de ninguno (o me olvidé de estos pecados: díselos al confesor). Desde entonces he cometido los pecados siguientes: (Dile los que recuerdes según el orden de los mandamientos, añadiendo siempre las circunstancias agravantes y cuántas veces has cometido cada pecado grave. Si no recuerdas el número exacto, puedes decirlo aproximadamente, por ejemplo, cuántas veces al día, a la semana o al mes.

“Si, gracias a Dios, no tienes pecados graves, al final puedes decir: «Me acuso también y me arrepiento de todos los pecados de mi vida pasada, principalmente de los que he cometido contra la pureza, paciencia y caridad».

“Es mejor que te confieses tú solo; pero si no te atreves, dile al Padre que te ayude. Y si, al terminar el confesor de preguntarte, te acuerdas de algún otro pecado grave, díselo tú mismo.

“No tengas miedo de decírselo todo. El confesor no se extrañará de nada y te guardará el secreto, aunque le cueste la vida. Además, tiene obligación de recibir con cariño y misericordia -como hacía el mismo Jesucristo- a todos los pecadores arrepentidos. Si lo dices todo, te quedará una gran paz en el alma. Si no, el remordimiento no te dejará vivir tranquilo.

“Si no estás en disposición de confesarte con arrepentimiento de todos los pecados graves que has cometido, es preferible que no te confieses. Si te confiesas mal, no sólo no alcanzarás el perdón de ningún pecado, sino que añades otro terrible, que se llama sacrilegio.

“Tienes obligación de decir -aunque el confesor no te lo pregunte- todos los pecados graves no confesados todavía o confesados mal. Si callaste algún pecado por olvido, no te preocupes: la confesión vale. Pecado olvidado es pecado perdonado. Basta con que lo digas, si fue grave, en la próxima confesión.

“Expón al confesor los problemas que tengas para vivir bien tu fe. Atiende a los consejos que el confesor te dé para ayudarte. Si te queda alguna duda, pregúntasela.

“Fíjate en la penitencia que te impone. Si no sabes o no puedes cumplirla, díselo para que te imponga otra distinta.

“Mientras el Padre te da la bendición para perdonarte tus pecados, reza el «Señor mío Jesucristo»; y si no lo sabes, golpéate el pecho, diciendo varias veces de corazón: «¡Dios mío, perdóname!»

“Terminada la confesión, procura cumplirla cuanto antes la penitencia. Si se te ha olvidado, pregúntasela otra vez al confesor. Y si esto ya no es posible, si quieres, puedes hacer lo que en casos semejantes te suelen poner. Pero basta que en la próxima confesión le digas al confesor lo que te ha ocurrido.”